LA CIUDAD GRIS

Proyecto de creación integral de un cuento infantil ilustrado, desarrollado desde la conceptualización del guion hasta su adaptación a formato audiovisual animado.

 

El objetivo era construir una narrativa visual coherente y emocional que acompañara el desarrollo del relato, creando una atmósfera accesible y atractiva para público infantil.

 

El proyecto se realizó mediante ilustración digital e inteligencia artificial, desarrollando personajes, escenarios y composiciones finales, y posteriormente adaptando las ilustraciones a un formato de animación en vídeo mediante programas de motion graphics como After Effects.

 

La obra transmite una historia de esperanza, creatividad y transformación, mostrando cómo pequeños gestos pueden aportar felicidad y significado a nuestras vidas por muy grises que las veamos a veces.

 

El resultado final es un cuento infantil ilustrado y su versión animada en vídeo, integrando narrativa, ilustración y movimiento en una pieza audiovisual coherente y preparada para su presentación en portfolio profesional.

GUIÓN DEL CUENTO

Hace mucho tiempo existía una ciudad donde todo era gris.
Las casas eran grises, las calles eran grises, los parques eran grises.
Incluso los globos que vendían en la plaza… eran grises.

La gente caminaba deprisa mirando al suelo.
No hablaban mucho, no reían mucho, y casi nadie se detenía a mirar el cielo.
Porque en aquella ciudad, los colores habían sido olvidados hacía tanto tiempo que nadie recordaba que alguna vez existieron.

Pero un día nació una niña llamada Lía.

Lía era pequeña, curiosa y hacía preguntas todo el tiempo.
Le gustaba observar las cosas que los demás no miraban: las grietas de las paredes, las hojas caídas en el suelo, las nubes que se movían lentamente.

Un día, mientras caminaba con su madre, Lía preguntó:
—Mamá, ¿siempre ha sido todo tan gris?

Su madre se quedó pensativa.
—Creo que sí, cariño. Siempre ha sido así.

Pero Lía sintió algo extraño en el pecho.
Como si esa respuesta no fuera del todo cierta.

Una tarde lluviosa, mientras exploraba el desván de su casa, encontró una caja vieja cubierta de polvo.
La abrió con cuidado y dentro descubrió objetos muy extraños: palitos con pelos en la punta y pequeños botes secos y agrietados.

En el fondo de la caja había una nota arrugada que decía:
“Pinturas”.

—¿Pinturas? —susurró Lía.

Curiosa, abrió uno de los botes. Y entonces ocurrió algo mágico.

Una pequeña gota cayó al suelo… y brilló.

Era roja. Roja intensa, roja viva, roja brillante.
Era el primer color que Lía había visto en toda su vida.

Su corazón empezó a latir muy rápido.
Sin saber por qué, sintió que acababa de descubrir un tesoro.

Al día siguiente, Lía salió de casa con la caja bajo el brazo.
Caminó por su calle hasta encontrar una pared enorme, vacía y aburrida.

Destapó el bote rojo, tomó uno de los pinceles y pintó una pequeña flor.

Cuando terminó, dio un paso atrás y la miró en silencio.
La flor parecía brillar en medio del gris.

Una mujer que pasaba por allí se detuvo.
—¿Qué es eso? —preguntó sorprendida.
—Es una flor —respondió Lía.

La mujer la miró durante unos segundos… y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

Ese día, Lía pintó otra flor. Y al día siguiente, pintó dos más.

Poco a poco empezó a descubrir otros botes en la caja. Azul. Amarillo. Verde.

Cada nuevo color era una sorpresa, una emoción, una pequeña chispa de alegría.

Pronto, los niños del barrio comenzaron a acercarse para verla pintar.
Primero miraban en silencio.
Luego le hacían preguntas.
Y finalmente quisieron ayudar.

Juntos pintaron árboles verdes en los muros.
Soles amarillos en los edificios.
Mariposas de todos los tamaños en las esquinas de las calles.

Los adultos comenzaron a detenerse a observar.
Después trajeron escaleras.
Luego trajeron brochas.
Y finalmente… trajeron sonrisas.

La ciudad empezó a cambiar.

Las ventanas se llenaron de plantas.
Las puertas dejaron de ser grises.
Los globos de la plaza volvieron a tener colores.

Y con cada pincelada, algo más regresaba a la ciudad:
las risas, las canciones, los abrazos, las conversaciones largas al atardecer.

Un día, alguien preguntó a Lía:
—¿Cómo sabías que la ciudad necesitaba colores?

Lía miró a su alrededor.
Las calles estaban llenas de vida.
El cielo parecía más azul que nunca.

Y sonrió.

—Porque los colores viven dentro de nosotros.
Solo estaban esperando a que alguien los dejara salir.

Desde ese día, nadie volvió a olvidar que incluso el lugar más gris del mundo…
puede llenarse de color.

 

FIN

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